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domingo, 30 de noviembre de 2025

10 de Kislev - La falsificación de una letra que llevó al arresto



"Puedes hacer todo lo que quieras; no tengo miedo de tus calumnias y denuncias."
Esta fue la firme y decisiva respuesta del Rebe a aquel hombre perverso que intentó extorsionarlo, amenazando con denunciarlo ante las autoridades.

Esto ocurrió en el año 1826 (5586). En la ciudad de Lubavitch, Jasidut Jabad estaba siendo dirigido por el Míteler Rebe, Rabí Dovber, hijo del Baal HaTania. Era reverenciado no sólo entre los judíos: incluso los gentiles de los alrededores lo respetaban profundamente y lo llamaban “Svittoi Rabi’n” —el Santo Rabino.

De repente, los jasidim se enteraron de que una grave denuncia había sido presentada ante el gobierno ruso contra el Rebe. Con el tiempo, comenzaron a conocerse los detalles.

Un año antes, Reb Pinjas Raizes, uno de los jasidim más importantes del Baal HaTania y del Míteler Rebe, había fallecido en Lubavitch. Era un hombre muy adinerado y de absoluta confianza para los Rebeim. No tuvo hijos, y toda su propiedad pasó a manos de su sobrino, un hombre malvado.

Entre los bienes de su tío, el sobrino encontró una carta que el Rebe le había escrito a Reb Pinjás cuando viajó a Lubavitch tras el fallecimiento del Alter Rebe. Durante ese viaje, Reb Pinjás había reunido una suma de 4.000 rublos de plata, y el Rebe le pidió que, junto con otras dos personas, se encargaran de distribuir ese dinero entre los necesitados.

Entonces comenzó a gestarse un vil complot en la mente del sobrino. Se dirigió al Rebe e intentó extorsionarlo, amenazándolo con acusarlo de recolectar dinero para fines clandestinos. El Rebe respondió que no le temía y que no le daría ni un centavo.

El hombre llevó a cabo su amenaza. Con la ayuda de otras personas perversas, prepararon un informe detallado para las autoridades. En la carta del Rebe hicieron una leve falsificación: donde estaba escrito “cuatro mil” (ד' אלפים), los informantes agregaron la letra kuf ['ק] —y así parecía que el Rebe había recolectado ciento cuatro mil rublos de plata, una suma descomunal. Argumentaron que el Rebe estaba enviando un soborno al Sultán turco, y agregaron otras acusaciones absurdas, como que el Beit Midrash del Rebe estaba construido según las dimensiones del Beit Hamikdash.

En Motzaéi Shabat de Parashat Noaj 5587, oficiales investigadores acompañados de policías llegaron a la casa del Rebe. Registraron exhaustivamente cada rincón. Otro escuadrón allanó el Beit Midrash.

Mientras tanto, una multitud se reunió alrededor de la casa. Desde adentro se oían los ruegos de los familiares. El único que permanecía sereno era el propio Rebe: estaba sentado en una de las habitaciones escribiendo un Maamar de Jasidut. Luego comenzó a recibir gente en Yejidut.

A la mañana siguiente, el Rebe fue subido a un carro policial y trasladado a Vítebsk. La noticia de su arresto se difundió rápidamente. En cada pueblo donde pasaba la carreta, cientos de judíos salían a recibirlo. Gracias a acuerdos alcanzados por quienes intercedieron por él, el viaje se realizó por etapas y con descansos, dado que la salud del Rebe era débil.

Cuando la caravana llegó a Liozna, el Rebe fue llevado a la Central de Policía y puesto bajo estricta vigilancia. Rápidamente se supo que estaba acusado de ser contrarrevolucionario y de rebelión contra el gobierno.

El Rebe estuvo encarcelado un mes y diez días, pero desde el inicio recibió condiciones especiales. A tres de sus colaboradores más cercanos se les permitió acompañarlo, y tres veces al día los guardias dejaban entrar a veinte judíos para rezar. Dos veces por semana se le permitió decir Jasidut ante cincuenta personas, luego de que el médico del Rebe explicara que pronunciar Jasidut constituía para él la esencia de su vida, una necesidad vital concreta.

Durante todo ese período se realizó un enorme trabajo y presión por parte de líderes comunitarios y diversos contactos. Ministros que escucharon sobre la grandeza del Rebe comenzaron a intervenir en favor de su liberación. El Rebe fue sometido a numerosos interrogatorios, en los que demostró que no tenía relación alguna con el Sultán turco ni la intención de ocupar el lugar del Zar.

Al finalizar las investigaciones, un resumen fue presentado al Ministro del Interior. Tras revisarlo, quedó impresionado por las respuestas del Rebe y decidió realizar una confrontación directa entre él y el denunciante.

En el día señalado, el Rebe vistió sus ropas blancas de Shabat y su apariencia era como la de un Malaj (ángel) de Hashem. Al entrar en la sala, su presencia impactó profundamente al ministro, quien lo recibió con gran respeto y, de forma inusual, ordenó traerle una silla para que se sentara.

Comenzó la confrontación. El acusador lanzó sus acusaciones y el Rebe las refutó una por una. En un momento, el acusador se dirigió al Rebe diciendo “Rebe”. Inmediatamente, el Rebe señaló al ministro:
“¡Mire usted! Dice de mí que soy un estafador y un rebelde contra el Reino, y ahora me llama ‘Rebe’…”

El acusador quedó avergonzado. A partir de ese momento se confundió y comenzó a balbucear incoherencias, hasta que el ministro le dijo: “¡Deje de ladrar!”. Avergonzado, lo sacaron del salón, mientras el Rebe fue acompañado respetuosamente a su habitación, con la promesa de que su liberación estaba próxima.

El 10 de Kislev, mientras el Rebe recitaba los capítulos de Tehilim correspondientes al día, se le notificó su liberación. Más tarde reveló que recibió la noticia exactamente al llegar al Pasuk (cap. 55):
“Rescató mi alma en paz.”


***

Así como ocurrió con su padre, el Alter Rebe, el arresto del Míteler Rebe no fue sólo un acontecimiento terrenal: reflejó también, למעלה, una acusación celestial contra la inmensa difusión de Jasidut que él llevaba adelante —y precisamente en su modo característico, tan amplio, detallado y profundamente explayado.

Su liberación, el 10 de Kislev, constituye para nosotros, como jasidim, un llamado claro: tomar sus enseñanzas, y las de todos los Rebeim posteriores, y estudiarlas en el espíritu propio del Míteler Rebe —de forma extremadamente abundante, amplia y expansiva— hasta que impregnen todo nuestro ser.

Que este Yom HaGueulá nos inspire a redoblar la difusión de la luz de la Jasidut en el mundo, tal como él lo deseaba.

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Fuente: Sijat Hashavua Vayetze 5785 (de Beit Rabí y Sefer Hasijot)
© *JasidiNews*

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jueves, 20 de noviembre de 2025

Un emocionante relato de un Brit Milá casi postergado

Esto sucedió en el mes de Elul, hace tres años. Eran cerca de la una de la madrugada.
En el corazón de los padres primerizos,David y Noa Argaman, residentes de Be’er Yaakov, crecía una preocupación cada vez mayor. Al día siguiente debía realizarse el Brit Milá de su pequeño, pero ahora el bebé tenía fiebre y se veía inquieto.

Los padres dudaban en despertar al mohel a esa hora para consultarle si debían llevar a cabo el Brit Milá según lo planeado. Decidieron llevar al niño a la guardia de emergencias.
“El niño está un poco caliente”, dijo el médico, y recomendó posponer el brit para otra fecha.

A la mañana siguiente, el padre llamó al mohel, el rabino Janán Kohonovski, Sheliaj de Jabad en Ramat Eliahu, Rishon Letzion.
“Tenemos que posponer el brit”, le anunció con voz decepcionada, contándole la recomendación del médico.
“¿Qué llevó al médico a decidir eso?”, preguntó el mohel. El padre relató con detalle todo lo ocurrido durante la noche.

El mohel percibió la tristeza de los padres ante la necesidad de postergar el brit.
Todas las preparaciones —el salón, el catering, los invitados— ya estaban listas. Ahora había que cancelarlo todo.

“Quisiera ver al bebé y examinarlo antes de que decidan definitivamente posponer el Brit”, propuso el mohel. “Por ahora, esperen (y no sigan mandando) avisos de cancelación.”

Los padres aceptaron, y poco después el mohel llegó a su casa.
Examinó al bebé y observó que su estado general era perfectamente normal.
“Vamos a tomarle la temperatura nuevamente”, sugirió. El resultado mostró que la fiebre había desaparecido por completo.

“¿Puede ser que le aplicaron algo?”, preguntó el mohel. Su experiencia no lo defraudó: resultó que la abuela había untado al bebé con una cierta pomada.

El mohel sonrió levemente. “Conozco los efectos de esa pomada”, explicó. “Puede causar una leve irritación o enrojecimiento en la piel, pero no representa ningún peligro. El Brit puede hacerse en la fecha prevista.”

Los padres lo miraron con duda. “¿Está usted seguro?”, preguntaron.

“Miren —respondió el mohel con confianza—, llevo décadas desempeñándome en esto. Por mi experiencia, puedo asegurarles que el brit puede realizarse con total normalidad y que no hay ningún riesgo para el bebé. Les digo esto con plena responsabilidad.”

Los padres se tranquilizaron y decidieron realizar la ceremonia en su momento.
Reanudaron las invitaciones a los familiares y amigos a quienes ya habían avisado de la cancelación.
El brit se llevó a cabo a su debido tiempo, sin ningún problema, y la salud del bebé estaba óptima.

Al día siguiente, el mohel volvió a la casa para una revisión rutinaria. Encontró al bebé tranquilo y en excelente estado.

“¿Qué quiso Hashem de nosotros?”, preguntó el padre al mohel después de la revisión y de recibir las indicaciones para el cuidado posterior.
“¿Por qué tuvimos que pasar por toda esta confusión —cancelar el brit, avisar a todos— y al final hacerlo igual?”

El mohel levantó las manos hacia el cielo y sonrió con dulzura. “Sin duda todo fue decretado desde el Cielo —respondió—, aunque no sé decirles el motivo.”

Pasaron algunos meses.
Un día sonó el teléfono del rabino Kohonovski. En la pantalla apareció el nombre David Argaman.
“Rabino”, dijo emocionado, “en su momento no entendí por qué Hashem nos hizo pasar por toda esa conmoción: cancelar el brit y luego hacerlo igual. Ahora entiendo por qué todo ocurrió así.”

Y contó lo siguiente:

“Aquel mismo día en que cancelamos el brit, estaba muy angustiado por toda la situación. Salí al balcón para tomar un poco de aire. En el balcón de al lado estaba sentada nuestra vecina, Milá Gilovski. Me vio caminar de un lado a otro, nervioso, y me preguntó qué pasaba.

“Le conté que el bebé había tenido un poco de fiebre y que habíamos postergado el brit. Pero también le dije que, aunque no entendíamos por qué Hashem quería que canceláramos todo, el salón y los invitados, yo creía con fe completa que todo es del Cielo y todo es para bien.
Ella me deseó que así fuera, y yo volví a entrar en casa.”

“Unos días después —continuó David— la vecina le contó a mi esposa que también ellos estaban pasando un momento difícil.
Los médicos que la atendían le habían dicho que el feto que llevaba podía nacer con graves malformaciones, y le recomendaron interrumpir el embarazo.
Sin otra opción, ella y su esposo decidieron seguir el consejo médico.

Pero después de nuestra conversación aquella mañana en el balcón, la mujer le contó a su marido, Arián, lo que yo le había dicho, y agregó:
‘Mira a nuestros vecinos: no se desesperaron ni se quebraron por lo que les ocurrió. Confían en el Creador de que todo es para bien. Lo veo como una señal también para nosotros. Sigamos adelante, y creo que todo saldrá bien’.

Su esposo tenía miedo de esa decisión, pero ella se mantuvo firme. Le dijo:
‘Vi a nuestro vecino levantar los ojos al cielo y rezar a Hashem. Yo también voy a rezar y pedir desde lo más profundo de mi corazón que nuestro bebé nazca sano, y estoy segura de que así será’.”

Y David concluyó:
“Ayer nació su hijo, sano y completo, ¡todo salió perfectamente bien!”

El día del brit, el rabino Kohonovski también llevó a cabo el Brit de ese bebé, y compartió con el público la conmovedora historia.

*

En Jasidut se enseña que nada ocurre por casualidad, y que cada situación está guiada con precisión por la Hashgajá Pratit.
El retraso de un Brit, una conversación al pasar en el balcón, todo fue parte del plan de Hashem para traer una nueva vida al mundo.
Cuando el judío enfrenta cada momento con emuná y bitajón, esa fe se vuelve una fuerza que ilumina y da vida, más allá de lo que puede verse a simple vista.


Fuente: Sijat Hashavua Lej Lejá #2026

20 de Jeshvan - Iom Huledet del Rebe Rashab - El Rashab y el Razó


Cuando eran niños, el Razó (Reb Zalman Aharon) le propuso al Rebe Rashab (Shalom Dovber) jugar a “Rebe y jasid”. El Rebe le respondió:
"וואס איז א רבי - ווייס איך נישט; נאר דאס ווייס איך אז א חסיד איז נישט קיין שפיל און א שפיל איז נישט קיין חסיד."

—[Para representar a un Rebe hace falta saber] qué es un Rebe. Y yo eso no lo sé. En cuanto a jasid: hay una cosa que sí sé: no es ningún juego/acto. Un actor puede fingir muchas cosas, pero no un josid (un jasid real).

Finalmente, el Rebe Rashab aceptó participar del juego, y de aquel momento surgieron varias anécdotas que fueron recordadas más tarde, de las cuales se pueden aprender profundas enseñanzas sobre lo que significa ser un verdadero josid y un auténtico líder.

En otra ocasión, mientras jugaban en el patio, Zalman Aharon —mayor en años pero de menor estatura— metió a su hermano en un pequeño pozo y dijo:
“Ahora sí, yo soy más alto, como corresponde, porque soy el mayor.”
El padre los llamó, miró al hijo mayor y le dijo:
—Nunca te engrandezcas humillando al otro. Si querés ser más alto, súbete a una silla.

*

Ser “jasid” no es un papel que se actúa, sino una manera de vivir con verdad, entrega y sinceridad. Y ser “alto” no significa elevarse por encima de otros, sino crecer uno mismo —con esfuerzo, humildad y superación personal— sin que nadie tenga que caer para que nosotros ascendamos.


Fuente: Rab Gringlas, "Sipurei Hitvaaduyot"

En honor al Kinus Hashlujim 5786 - Shlujim y Hashgajá Pratit


Un relato acerca de una hashgajá pratit extraordinaria, del estilo que los shlujim de Jabad ven a menudo. Lo cuenta Rav Shlomo Wilhelm, Sheliaj del Rebe en Zhitómir, Ucrania.

La historia comienza en el año 5760 (2000). El rabino Wilhelm viajó a Londres por una celebración familiar, y allí la esposa de un conocido le pidió investigar las raíces de su familia en un pequeño y remoto poblado llamado Vetchoraishe.

Al regresar a Ucrania, viajó junto a su fiel asistente, el rabino Hirsh Shraivman. Hallaron el cementerio judío del poblado, documentaron los nombres familiares tal como se les había pedido, y entonces decidieron aprovechar y buscar si quedaban judíos allí. Un anciano campesino los guió hasta la casa de una mujer judía muy anciana.

En el patio encontraron a un joven y una joven —hermanos— junto a una bebé. Su abuela, enferma y en sus últimas horas, yacía dentro de la casa. Al oír al rabino hablarle en idish, la anciana recobró fuerzas y respondió con emoción, recordando conceptos judíos básicos que parecían adormecidos en su interior.Todo ese tiempo los nietos estaban asombrados ante la escena, mientras el rabino despertaba en ella recuerdos de conceptos judíos básicos, y ella le respondía con alegría. Al final de la visita el rabino les dejó material de lectura.

Esa misma noche el asistente del rabino llamó a los nietos, y escuchó que la abuela había fallecido poco tiempo después de que se fueron. Inmediatamente movilizó a todos los involucrados y se ocupó de que fuera enterrada acorde a la Halajá en el cementerio judío.

Pasaron seis años. El año es 5766 (2006). En la escuela de Jabad de Zhitómir se realizó un encuentro de mujeres relacionado con el tema de la Tefilá. La conferenciante, la Sra. Rivka Nimoi, de las familias de shlujim del lugar, expuso sobre el tema y luego preguntó si alguna de las presentes tenía alguna anécdota sobre una Tefilá que haya sido aceptada. 
Por un momento reinó silencio, y entonces, con cierta vacilación, se levantó una de las madres. Se presentó con su nombre, Natalia Pogoroy, madre de una niña nueva en los primeros grados, y comenzó a contar:

“Mi hermano y yo crecimos en el poblado de Vetchoraishe, donde vivía nuestra abuela. Nuestra madre falleció siendo joven, y nosotros fuimos criados en el regazo de la abuela. En el poblado casi no había judíos, y de la abuela no escuchamos ni una palabra acerca del judaísmo. Nosotros mismos apenas sabíamos algo sobre nuestra identidad judía, y seguro que no teníamos ni el más mínimo concepto sobre su significado.

La abuela, cuyo nombre era Betia Povoltzka, nacida en 1912, era una mujer buena y entregada. Vivió toda su vida entre gentiles y cristianos, quienes eran sus buenos amigos, y no parecía diferente de ellos. Con el paso del tiempo me mudé a vivir a otra ciudad, y allí me casé y nació esta niña. También entonces mantuvimos un cálido vínculo con la abuela, y procurábamos visitarla frecuentemente.

La abuela vivió largos años, pero en las horas previas a su fallecimiento ocurrió un acontecimiento sorprendente y asombroso, y sobre eso quiero contar.

Apenas podía hablar, hasta que de pronto nos miró y, con una fuerza sorprendente, nos dijo: ‘Toda mi vida oculté que somos judíos. Temía que nos vieran diferentes. Pero ahora les pido una sola cosa: entiérrenme sólo en un cementerio judío’.

Sus palabras —aunque eran un pedido— sonaban también como una plegaria profunda, como si su alma estuviera tratando de poner en orden lo más esencial antes de partir.

Al terminar sus palabras, la abuela guardó silencio. Era evidente que le había costado un gran esfuerzo, pero una serenidad estaba posada en su rostro, como si una pesada piedra hubiera sido removida de su corazón.

Salimos al patio a hablar del asunto y, como caído del cielo, entró un rabino (con barba y todo), desconocido, que pidió verla. 
En el primer momento estábamos seguros de que la abuela había invitado al rabino; pero cuando vimos su enorme emoción por su visita, entendimos que éramos testigos de una coincidencia rara y maravillosa.  Comprendimos que era una Providencia especial.
 
Menos de una hora después, la abuela falleció. Los hombres del rabino se ocuparon del entierro, y ella fue sepultada como judía, tal como deseó.

Aquello despertó en mí el interés por judaísmo. Avancé mucho desde entonces, y por eso inscribí a mi hija en esta escuela”.

Al escuchar el relato, el rabino Wilhelm quedó profundamente conmovido por ver cómo la Hashgajá Pratit lo había guiado años atrás para ayudar a una mujer judía a recibir Kvurá Israel —entierro judío— y, con ello, acercar a toda una familia de regreso al seno del Idishkait.

Fuente: Sijat Hashavua #1193

La historia nos recuerda lo que significa ser Sheliaj: no solo enseñar, dirigir o ayudar, sino estar exactamente en el lugar correcto, en el momento preciso, para revelar una chispa de Kedushá que parecía apagada. A veces un sheliaj viaja kilómetros por un detalle pequeño —un nombre en un cementerio, una visita inesperada— y sin saberlo, ese acto abre la puerta para que un alma judía cumpla su último deseo y que una familia entera vuelva a sus raíces.

El Rebe enseñó que ningún encuentro es casual. Cada viaje, cada conversación, cada paso que da un Sheliaj puede ser la pieza final en una historia oculta que Hashem preparó muchos años antes. Y cuando un Sheliaj hace su misión con amor y entrega, se convierte en el canal por el cual esa Providencia se revela claramente en este mundo.

El Rebe piensa en cada Sheliaj y Shlujá

Relato del Rab Daniel Levy, Sheliaj en Tucumán

En el verano argentino —enero y febrero de 1988— viajé junto con el rab Tzvi Grunblat a Nueva York. Solíamos viajar en esa época porque en Argentina era verano y aprovechábamos para reunir fondos. Pero ese año ocurrió algo totalmente inesperado: el fallecimiento de la Rebetzn. Estuvimos allí para la levayá y luego durante toda la shivá, y decidimos posponer nuestro regreso hasta después de esa semana.

El último día de la shivá, el Rebe repartió dólares, y tuvimos el mérito de pasar. Lo que ocurrió allí fue lo siguiente:

Estábamos en la fila, junto a cientos de personas, en la casa del Rebe. Delante de mí estaba el rab Tzvi Grunblat, y delante de él pasó una señora con su hija. Cada persona tenía apenas un instante: cruzar mirada con el Rebe, recibir el dólar y seguir. Sin embargo, alcancé a oír un breve intercambio de palabras entre el Rebe y aquella mujer, algo poco común, más aún siendo que el diálogo lo inició el Rebe.

Luego pasó Rab Tzvi. Recibió su dólar y, en cuestión de segundos, ya estaba avanzando para salir. Pero de pronto el Rebe lo llamó nuevamente. Le entregó un segundo dólar y le dijo: “Dos iz far Argentina” —“Este es para Argentina”.

Unos instantes después pasé yo y recibí mi dólar. Quedamos muy sorprendidos por ese dólar adicional y por el mensaje tan específico. Con Rab Tzvi llegamos a dos conclusiones (o escenarios) posibles:
o bien se acercaba una etapa de bendición y mejoras para Argentina,
o bien venían tiempos difíciles, y el Rebe estaba dando una fuerza y una Broje especial para poder atravesarlos.

La segunda opción resultó ser la correcta...

Al día siguiente viajamos de regreso y llegamos a Argentina un viernes por la mañana. Cuando fuimos al banco para cambiar unos cheques, nos encontramos con que había feriado bancario. Ese mismo lunes estalló una crisis inesperada —la crisis del dólar–austral— que nos hizo comprender, con absoluta claridad, las palabras del Rebe y el significado de aquel segundo dólar.

Así concluye la primera parte de la historia.

Segunda parte

Después de todo lo que ocurrió, me acerqué a la señora que había pasado antes que rab Tzvi G. y cuya interacción con el Rebe había llamado tanto la atención. Se la veía profundamente conmovida, como si hubiese vivido algo muy fuerte en esos breves instantes frente al Rebe.

Ella se presentó con voz temblorosa:
“Me llamo Bassi Garelik.”
Y continuó contándome:

“Mi esposo, el rab Gershon Mendel Garelik, y yo somos los shlujim enviados personal y directamente por el Rebe a Italia —a Milán— desde el año 5719 (1959). Desde el comienzo mismo de nuestro Shlijus hemos tenido el mérito de recibir del Rebe una guía muy especial, personalísima, más allá de lo que uno puede describir.

Con el correr de los años, Lubavitch creció —y Baruj Hashem sigue creciendo—. Cientos y cientos de shlujim fueron enviados por todo el mundo. El concepto mismo de shlijut se volvió global. Y mientras hacía la larga fila para recibir el dólar, me vino un pensamiento… quizás, con tanto crecimiento, con tantas personas, con tantos shlujim nuevos, el Rebe ya ni recuerde quién soy…”

Bassi respiró hondo. Sus ojos todavía estaban húmedos.

“Llegó mi turno. Recibí el dólar. Luego pasó mi hija. No le dijimos nada al Rebe, ni una palabra. Y de pronto el Rebe mira a mi hija y le dice:
Tu mamá piensa que no la reconozco…’

Con esas pocas palabras, el Rebe respondió exactamente al pensamiento que yo había tenido apenas segundos antes. En ese instante comprendí una vez más —y de una manera indescriptible— la grandeza del Rebe: su conexión con cada Sheliaj, su sensibilidad, su claridad, su amor. No importa cuántos shlujim haya en el mundo: cada uno es visto, reconocido y sostenido por el Rebe.”

La historia completa de Rosh Jodesh Kislev - Reeditada 5786

La Historia Completa de Rosh Jodesh Kislev (Reeditada 5786) by JasidiNews

jueves, 30 de octubre de 2025

El perdón que llegó del Cielo


Reb Iosef y su esposa no habían tenido el mérito de traer hijos al mundo. Él era un jasid fiel del Maguid de Kozhnitz, y cada tanto emprendía el viaje para ver a su Rebe. Sin embargo, pese a todas sus súplicas, nunca recibió de él una bendición por un hijo. En realidad, el Rebe jamás le dio respuesta alguna, ni afirmativa ni negativa.

Pero su esposa no se resignaba. Con lágrimas y desesperación le rogó:
—¡No regreses sin una Broje! ¡No te vayas del Rebe hasta que te prometa un hijo!

Fiel a su palabra, Iosef se presentó ante el Maguid y, con toda la fuerza que pudo reunir, exclamó:
—Mi querido Rebe, ¡no me moveré de aquí hasta merecer una Broje!

El Maguid guardó silencio. Su rostro se puso serio, inmóvil, como quien medita un asunto en profundidad. Finalmente, dijo:
—Si estás dispuesto a ceder a toda tu riqueza, te bendeciré con un hijo.

Reb Iosef quedó mudo. No podía decidir algo tan grande sin hablarlo con su esposa. Volvió a casa y le contó lo ocurrido. Ella respondió con determinación:
—Prefiero vivir en la pobreza antes que morir sin hijos. Dile al Rebe que aceptamos.

De regreso ante el Maguid, Iosef transmitió la decisión.
—En ese caso —dijo el Rebe—, viaja al Jozé de Lublin y haz todo lo que él te indique.

Sin demora, Reb Iosef emprendió el viaje. Al llegar, le relató al Jozé todo lo sucedido.
—Quédate aquí hasta que Hashem me ilumine sobre qué hacer —le dijo el Tzadik.

Pasaron algunos días, y finalmente el Jozé lo mandó llamar. Con voz suave pero firme le dijo:
—Cuando eras joven, estuviste comprometido con una joven muchacha. Rompiste el compromiso y la heriste profundamente. Ella nunca se recuperó de aquella herida, y tú jamás le pediste perdón. Aunque creas haber tenido razón, ese acto dejó una herida sin cerrar. Por eso no has sido bendecido con hijos, y hasta que no repares ese daño, del Shamaim no se te concederá descendencia.

—Esto es lo que debes hacer —continuó—: ahora mismo hay una feria en Balta. Si viajas allí, encontrarás a tu antigua prometida. Búscala y pídele perdón.

Resultó ser que el Jozé vio con suma claridad. En su juventud, los padres de Iosef lo habían comprometido con una joven llamada Esther Shifra. Pero al acercarse la fecha del casamiento, Iosef decidió que no era la pareja adecuada y se terminó casando con otra mujer, sin pedirle disculpas ni intentar enmendar lo hecho.

Reb Iosef viajó a Balta. Durante días recorrió las calles y el mercado preguntando a todo el que encontraba:
—¿Conocen a una mujer llamada Esther Shifra?
Pero nadie había oído hablar de ella.

Tres días antes de terminar la feria, los comerciantes ya desmontaban sus puestos, y Reb Iosef, desanimado, seguía sin hallarla. Caminaba sin rumbo cuando de pronto comenzó a llover. Primero unas gotas, luego una lluvia torrencial. Corrió a refugiarse bajo un techo en la tienda más cercana.

No era el único. Varias personas se apiñaron en su interior. Entre ellas entró una mujer joven, y Iosef, por recato, se hizo a un lado para dejarla pasar. Pero la mujer lo miró fijamente y, con voz temblorosa y herida, exclamó:
—¡Miren a este hombre! ¡Me abandonó en mi juventud, y aún hoy se aparta de mí!

Reb Iosef quedó paralizado. ¡Era ella, Esther Shifra! Todo lo que había pensado decir brotó de golpe: le pidió perdón una y otra vez, confesó su dolor y su remordimiento, y le contó que había venido desde lejos solo para apaciguarla. Las lágrimas que corrían por su barba eran testimonio de su sinceridad.

Ella guardó silencio por un momento. Luego, su expresión se suavizó.
—Estoy dispuesta a perdonarte —dijo—, pero con una condición.

—Iré donde sea, haré lo que me pidas —respondió Iosef—, mientras esté en mis posibilidades.

—Entonces viaja a Sovalk, donde vive mi hermano —continuó ella—. Es un hombre muy pobre. Dale doscientas monedas de oro como dote para que pueda casar a su hija, y te perdonaré.

Iosef calculó rápidamente que, vendiendo todo lo que poseía y sumando sus ahorros, podría reunir esa suma. Aceptó sin vacilar y regresó a su casa. En poco tiempo reunió el dinero y emprendió el camino a Sovalk.

Encontrar al hermano fue sencillo. Lo halló en una casa muy modesta y humilde, preocupado y abatido.
—¿Qué voy a hacer? —se lamentaba—. Se acerca la boda de mi hija y no tengo ni un peso para los gastos.

Reb Iosef colocó una bolsa en sus manos.
—Aquí tiene: doscientas monedas de oro. ¡Que celebre la boda con alegría y honor!

El hombre lo miró, atónito.
—¿Qué es esto? —preguntó incrédulo.

—No se preocupe —respondió Iosef—. El dinero es suyo. Su hermana Esther Shifra me pidió que se lo entregara. Estuve comprometido con ella hace muchos años, pero anulé de repente el compromiso. Hace unos días la encontré, le pedí perdón y me pidió hacer esto como condición para su perdón.

El hombre palideció.
— ¿Mi hermana? —dijo con voz quebrada—. ¡Mi hermana murió hace quince años! ¡Aquí mismo, en Sovalk! ¡Yo mismo la enterré!

Reb Iosef quedó sin aliento. Cuando logró reponerse, le contó toda su historia: el consejo del Maguid, las palabras del Jozé de Lublin, el viaje a Balta, su encuentro con Esther Shifra y su promesa de cumplir la condición.

El hermano lo escuchó maravillado. Al escuchar los detalles terminó diciéndole:
—La mujer que viste era, sin duda, mi hermana Esther Shifra.

Menos de un año después, Reb Iosef y su esposa fueron bendecidos con un hijo. Y todos los que los conocían compartieron su alegría, sabiendo cuánto habían esperado aquel milagro.


Fuente: Sijat Hashavua #999
*
Debemos cuidar de no dejar un corazón herido en nuestro camino, pues una sola lágrima puede cerrar las puertas del Shamaim. Pero también debemos saber que los Tzadikim, incluso después de su partida, trascienden todo límite y pueden traer reparación y luz allí donde el hombre ya no puede llegar. 

*
No hay herida más profunda que la de un corazón olvidado. Pero tampoco hay fuerza más grande que la de un tzadik, cuya luz rompe toda barrera para traer perdón y salvación.