Al Rebe Rashab, Rabi Shalom Dobver, acudían muchos jsidim durante todo el año y especialmente en Simjat Torá. En este día, la alegría del Rebe superaba todos los límites y los Maamarim y Sijot de este día dejaban una impresión duradera para todo el años. Reb Pesajia era uno de estos jsidim, un adinerado comerciante de leños y maderas.
Un año, al culminar Simjat Torá, Reb Pesajia entró a lo del Rebe Rashab a despedirse y recibir una Broje. El Rebe en ese momento le preguntó: "¿Con qué frecuencia visitas tus bosques, durante el invierno?" Un ligero estremecimiento se apoderó de Pesajia al escuchar la pregunta inesperada, pero rápidamente respondió: "Apenas dejo el bosque en todo el invierno. Tengo una cabaña allí en la que me hospedo durante la temporada para asegurarme que trabajen bien los empleados y que todo se desarrolle de la mejor manera. Y debido a las nevadas se me complica regresar a mi hogar."
"¿Y qué haces con el encendido de las velas de Januca? Reb Pesajia estaba sorprendido ante el interés del Rebe por este detalle, y le respondió: "Como siempre, apenas llego al bosque, a mi cabaña, preparo las velas que encenderé allí mismo en Januca."
El Rebe pensó un poco y finalmente dijo: "Oye mi consejo. Puede que por las tormentas y nevadas se te complique llegar para Januca hasta tu cabaña, así que te sugiero que lleves contigo las velas de Januca adonde sea que te dirijas. De esa manera, podrás encender y cumplir la Mitzvá, incluso si no llegas a alcanzar tu cabaña en el corazón del bosque."
Unas semanas más tarde, Reb Pesajia se encontraba en el corazón del bosque, supervisando el trabajo de las decenas de trabajadores bajo suyo, y por supuesto Reb Pesajia ya tenía consigo las velas de Januca, a pesar que faltaba tiempo aún para la festividad.
Llegó la primera noche de Januca y Reb Pesajia encendió las velas en la ventana de su cabaña en el corazón del bosque. Así lo hizo la segunda y tercera noche, pero algo muy diferente sucedió el cuarto día. En este día, Reb Pesajia se embarcó en una caminata en las profundidades del bosque, con su asistente judío a examinar un área específica en el bosque, donde los trabajadores talaban los árboles y los preparaban para los envíos. Casi olvidó la instrucción del Rebe de llevar las velas con él donde sea que vaya, pero su fiel asistente se lo mencionó y Reb Pesajia le agradeció con entusiasmo habérselo recordado.
Mientras van revisando la mercadería, se va poniendo el sol sin que se percataran de ello.
"¡Levanten las manos, si quieren quedar con vida!" Escucha de repente un grito ensordecedor. Sin poder recuperarse del grito se ve enseguida rodeado de rufianes armados hasta los dientes.
Reb Pesajia rápidamente sacó de su bolsillo varios rublos, tratando de complacer a los ladrones, pero estos estallaron con una risa burlona diciéndole "Qué es eso, te conocemos judío, sabemos que sos una persona muy rica; ¡danos toda tu plata!"
Las manos de Reb Pesajia temblaron, pero se vio obligado a entregar todas sus pertenencias, incluyendo el precioso reloj de oro y el abrigo de piel. "Les entregué todo lo que tenía", rogó con una voz temblorosa, "no me maten" pidió con súplicas, pero los ladrones sellaron sus oídos y dijeron: "Estamos seguros de que una vez que te dejemos ir, te apresurarás a denunciarnos a la policía! Así que aquí te quedarás..."
Los ladrones estaban indicándole que se preparara para su muerte.
"Al menos déjenme complir una última Mitzvá en vida", rogó Reb Pesajia y los ladrones accedieron a su último pedido. Con suma emoción, Reb Pesajia preparaba las velas sabiendo que es la última Mitzvá que podría hacer en su vida. Las Brajot salieron de su boca ahogadas en lágrimas y después de encender las velas, entonó con entusiasmo las melodías características, cuando los ladrones se preguntaban incrédulos acerca de la alegría del judío instantes antes de su muerte. No muy lejos de allí, el ministro Soblov cabalgaba con su séquito, regresando de una exitosa campaña de caza. "¡Vean allí!", el Ministro exclamó asombrado mientras señalaba hacia las profundidades del bosque, "unas delgadas y sutiles luces parpadeando". El ministro rápidamente llegó a la conclusión que alguien estaba en problemas e inmediatamente enfiló su caballo hacia la luz. Los ojos del ministro y toda su comitiva quedaron estupefactos cuando descubrieron a los ladrones rodeando a Reb Pesajia y a su asistente, y agitando una espada sobre ellos para matarlos. "¡Deténganse!" En cuestión de segundos y antes de que alcancen a reaccionar se encontraban bajo las cuerdas en las fuertes manos del ministro y sus acompañantes, los que se apresuraron a llevarlos a la policía. Reb Pesajia no podía creer todo lo que acababa de suceder, pero las palabras del Rebe, pidiéndole que lleve consigo las velas de Jánuca, hacían eco en sus oídos y ahora se dio cuenta de que todo esto el Rebe lo vio de antemano y le dispuso su salvación.
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